"Escucho llantos de un bebé recién nacido mientras te voy contando esto... No, ahora no..."
- Ahora, creo que es hora de que hagamos un pequeño paréntesis. No sé si llegaste a verle, no sé si llegaste a sentir sus pequeños sollozos, no sé cómo te sentiste en ese momento, pero si sé cómo estaba yo. En la sala de espera, junto a tu madre y a mi madre, demasiado nervioso. Sabía que algo iba mal, nos lo habían dicho los médicos, pero en aquel momento no llegué a imaginar que sería como esto que te pasó. ¿Por qué lo permitiste, amor? ¿Por qué permitiste aquella puta negligencia médica? Quizás es que tú no estabas despierta y no te enteraste de nada, pero si no hubiera sido por aquella inyección innecesaria, ahora estaríamos aquí los tres, juntitos. Aquel 25 de Diciembre, el que tú y yo prometimos que sería el más feliz de nuestras vidas, se convirtió en el peor de la mía. Yo cumplía 29 años, y tú te pusiste de parto. Juraste y perjuraste que todo iba a salir bien, a pesar de mis nervios. Cogiste mi mano, la colocaste en tu barriga y noté los últimos movimientos de nuestro hijo antes de nacer. Me obligaste a llamar a nuestros padres, que en media hora ya estaban junto a nosotros. Allí, en aquella habitación esperando a que el cuello de tu útero se ensanchara los 10 centímetros necesarios para que empezaras a empujar y, así, ayudar a nuestro bebé a salir al mundo... Aquellos empujones nunca llegaron. Recuerdo que de repente empezaste a sentirte mal, estabas muy blanca y decías que no podías respirar. Un médico vino corriendo y te llevaron, no sé por qué, sólo que salí corriendo detrás de vosotros y me obligaron a quedarme esperando, diciéndome que no pasaba nada. ¿¡QUE NO PASABA NADA?! Mi novia estaba de parto, sin poder respirar.. ¡¿Y NO PASABA NADA?!.. Era para matar a aquel tío... Bueno, sigo contándote.. La cosa es que estábamos allí los cinco, esperando a que nos dijeran algo. Pasadas tres horas, me acerqué a la puerta. Escuché tus gritos de dolor, que suplicabas que me dejaran entrar, y los médicos animándote a que terminaras de empujar; hasta que por fin escuché a nuestro hijo. Pero, radicalmente, tú dejaste de hablar. Los médicos gritaban tu nombre y tú no diste respuesta alguna. El niño, también dejo de llorar. Yo en ese momento estaba muy asustado, llorando, susurrando tu nombre para que despertaras y pensaras en nuestro bebé, el cual acababa de nacer y... morir, como tú... No llega a un mes desde aquel día, pero aún tengo tus gritos en mi mente... Fue el día más triste de mi vida... Qué digo vida... Mi vida eres tú, y estás muerta, lo que me lleva a preguntarme.. ¿Qué coño hago en el mundo?
Danna
sábado, 24 de marzo de 2012
miércoles, 21 de marzo de 2012
Capítulo 2. Día en que te conocí.
- Estate muy atenta cariño, voy a comenzar a contarte nuestra historia. ¿Por qué momento deseas que empiece?... Oh dios, es verdad, que no me vas a contestar... Entonces te contaré todo, desde el principio. Será como una especie de... de... de cuentos de hadas, sí, de esos en los que todo acaba bien... Menos nuestra historia, claro.. Eso es que ya no es cuento de hadas... Déjalo, me estoy desviando del tema... Aquí va, princesa... la primera parte... El día en que te conocí.
Estaba en el cementerio de León, enterrando a mis padres. Habían muerto dos días antes en un accidente de tráfico, y el único familiar directo que me quedaba era mi hermano, ambos estábamos muy dolidos, no nos creíamos aquello que acababa de pasar. Entonces, quise irme solo mientras que el cura daba su sermón, no aguantaría las lágrimas y no quería que nadie me viera llorar. Caminé por un par de calles, observado detenidamente todas las lápidas, hasta que en una de las nuevas calles te vi. Estabas de rodillas, vestida de negro y mirando hacia la lápida de, creí en aquel momento, un familiar tuyo. No pude evitar acercarme a ti y quedarme a tu lado, a pesar de que nunca te había visto, sentía la necesidad de ir y apoyarte. Me acerqué a ti lentamente, para que tú no te asustaras y salieras corriendo, haciéndome quedar como un gilipollas.
- Lo siento... Siempre se van los mejores...
No creí que en aquel momento fueran las palabras adecuadas, pero tú me diste un abrazo y te dejé llorar en mi hombro. No recuerdo el tiempo que estuvimos así, pero a mí se me hizo cortísimo. Te separaste maldiciendo a los médicos que cometieron la negligencia por la cual tu madre estaba dentro de esa tumba, llamándoles de todo, y gritando, y gracias a mí te calmaste. Te dije que en aquel momento ya no podías hacer nada pero que, aunque nos acabábamos de conocer y no sabía ni tu nombre, me tenías ahí para cuidarte, apoyarte y protegerte. Te levantaste y dijiste que tenías que irte.
- Tengo que... irme ya.
- Espera, no te vayas tan rápido, por favor.
- ¿Qué pasa?
- Me gustaría saber por lo menos tu nombre.
- Ah, me llamo Anna... encantada.
- Yo soy Daniel... Me encantaría sonreír pero... acabo de enterrar a mis padres.
- Vaya... Lo siento muchísimo...
- En fin...
- Bueno... yo... tengo que irme... no sé a dónde, pero...
- Ven, ven a mi casa...
- ¿Qué?
- Por favor... ven, y nos conocemos mejor. Tengo una sensación extraña en el cuerpo que... me obliga a querer estar contigo y conocerte más. ¿Qué me dices?
Estaba en el cementerio de León, enterrando a mis padres. Habían muerto dos días antes en un accidente de tráfico, y el único familiar directo que me quedaba era mi hermano, ambos estábamos muy dolidos, no nos creíamos aquello que acababa de pasar. Entonces, quise irme solo mientras que el cura daba su sermón, no aguantaría las lágrimas y no quería que nadie me viera llorar. Caminé por un par de calles, observado detenidamente todas las lápidas, hasta que en una de las nuevas calles te vi. Estabas de rodillas, vestida de negro y mirando hacia la lápida de, creí en aquel momento, un familiar tuyo. No pude evitar acercarme a ti y quedarme a tu lado, a pesar de que nunca te había visto, sentía la necesidad de ir y apoyarte. Me acerqué a ti lentamente, para que tú no te asustaras y salieras corriendo, haciéndome quedar como un gilipollas.
- Lo siento... Siempre se van los mejores...
No creí que en aquel momento fueran las palabras adecuadas, pero tú me diste un abrazo y te dejé llorar en mi hombro. No recuerdo el tiempo que estuvimos así, pero a mí se me hizo cortísimo. Te separaste maldiciendo a los médicos que cometieron la negligencia por la cual tu madre estaba dentro de esa tumba, llamándoles de todo, y gritando, y gracias a mí te calmaste. Te dije que en aquel momento ya no podías hacer nada pero que, aunque nos acabábamos de conocer y no sabía ni tu nombre, me tenías ahí para cuidarte, apoyarte y protegerte. Te levantaste y dijiste que tenías que irte.
- Tengo que... irme ya.
- Espera, no te vayas tan rápido, por favor.
- ¿Qué pasa?
- Me gustaría saber por lo menos tu nombre.
- Ah, me llamo Anna... encantada.
- Yo soy Daniel... Me encantaría sonreír pero... acabo de enterrar a mis padres.
- Vaya... Lo siento muchísimo...
- En fin...
- Bueno... yo... tengo que irme... no sé a dónde, pero...
- Ven, ven a mi casa...
- ¿Qué?
- Por favor... ven, y nos conocemos mejor. Tengo una sensación extraña en el cuerpo que... me obliga a querer estar contigo y conocerte más. ¿Qué me dices?
martes, 20 de marzo de 2012
Capítulo 1.
- Aquí estamos. Diría que te preguntarás que qué hacemos aquí, pero en tu estado no puedes preguntarte nada. Pero es que quizás si que te acuerdas de nuestra historia, ¿verdad? Oh dios, no me hagas pensar que no lo haces. He venido a visitarte, bajo la presión de mi hermano. No, no pienses mal, mi vida, no es que no quisiera venir, es que después de todo ni siquiera tengo fuerzas para salir de casa. De hecho, no sé ni cómo tengo fuerzas de estar hablándote ahora mismo, pero aquí estoy, pequeña.. Pequeña.. cómo me hubiera gustado poder llamarte así el último día. Nuestra historia... es un poco especial, ¿verdad? Ay.. si hubiera tenido el valor de.. de.. déjalo, Anna... Ahora nada puede cambiar, y qué pena, ¿verdad? Joder, fui gilipollas. Si no hubiera ido con María a prepararte tu sorpresa, tú no te hubieras cabreado, no hubieras salido de casa y no hubiera pasado todo lo que ha pasado... Cariño, espero que me perdones por todo. Por todo lo que te he hecho sufrir cuando no lo merecías, en aquella fiesta después de la muerte de tu padre cuando, sin querer, y bajo los efectos del alcohol, comencé a humillarte. Tú comenzaste a llorar y a mirarme con tristeza, y en ese mismo momento me arrepentí. Y lo sigo haciendo. Pero después hablamos, y tú me perdonaste. Lo entendiste todo y aquella misma tarde fuimos al cine. Oh, sí, me acuerdo de todo Anna. Han pasado cinco años de aquel día, pero me acuerdo perfectamente de todo, tus palabras, tus miradas y tus gestos, conforme te brillaban los ojos cuando te cogía la mano y te miraba, para decirte que eres la mejor amiga que nunca hubiera podido encontrar. Y raro el lugar y el día en el que te conocí. Era el peor de nuestras vidas, de los dos mejor dicho.Mis padres habían muerto, y al finalizar el entierro, te encontré llorando frente a la lápida de tu madre, contando todo lo que la hechas de menos. Nada más mirarte esa delicada carita que tienes, con tu piel blanquita y tus ojos cerrados impidiendo el paso de las lágrimas me vi completamente incapaz de dejarte ahí sola, sentí algo en el corazón que me hizo ir hacia ti. Me senté a tu lado y tú, sin conocerme de nada, me abrazaste y lloraste en mi hombro. Te invité a mi casa y te quedaste a dormir. Y al día siguiente nos pasamos el día hablando, y, ¡Dios!, conseguí sacarte una sonrisa... Y aquí empezó toda nuestra historia, espero que te acuerdes de ella, y si no lo haces, no pasa nada, voy a contártela.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)